Una guerra entre ideologías no puede conducir a la paz

El conflicto ya lleva diez meses Foto AFP
El conflicto ya lleva diez meses. / Foto: AFP.

Diez meses después de comenzada, la “Operación Militar Especial” (OME) se ha convertido en una guerra entre civilizaciones. En febrero pasado el alto mando ruso menospreció el fanatismo de los líderes ucranianos, el nacionalismo del oeste del país y la capacidad de sus jefes militares. Por eso emprendió un ataque disperso en un frente muy largo, con pocos efectivos, bajo nivel de coordinación y sin movilizar la economía interior. Creyendo a británicos y norteamericanos, en tanto, los ucranianos suponían que el ejército ruso se desintegraría al primer combate, que su economía sucumbiría a las sanciones, la población se alzaría contra Putín y el caos fracturaría Rusia en veinte republiquetas inermes y enfrentadas entre ellas.

Ambos bandos se equivocaron: Ucrania resistió mejor de lo pensado y Rusia se unió y fortaleció aún más detrás de su líder. En el plano militar, el frente se ha estabilizado y los contendientes libran hoy una durísima guerra de posiciones en la que Rusia lleva la iniciativa, pero sin haber alcanzado una victoria decisiva. La prolongación de la guerra y las dificultades crecientes han hecho subir el tono discursivo de la contienda: ahora luchan por modelos civilizatorios contrapuestos. Por eso es que los realistas en ambos bandos están conversando sobre un armisticio que pare los combates por tiempo indeterminado. El presidente ruso podría aceptar esta salida transitoria, pero no su colega ucraniano. Por ello Moscú negocia directamente con Washington, pero no con el presidente Biden. Allí reside el problema.

El domingo pasado, en una entrevista televisiva Vladímir Putín mostró disposición al diálogo: “Creo que estamos actuando en la dirección correcta. Estamos dispuestos a negociar con todos los participantes en este proceso sobre soluciones aceptables, pero no somos nosotros los que nos negamos a negociar”. Por segunda vez en una semana el líder ruso destaca su disposición a negociar sobre Ucrania, pero ubicando la visión rusa del conflicto en una perspectiva histórica: “en realidad, continuó, lo fundamental aquí es la política de nuestros adversarios geopolíticos cuyo objetivo es fragmentar la Rusia histórica”. Ya varias veces el presidente ha utilizado el concepto de “Rusia histórica”, para subrayar que ucranianos y rusos son un solo pueblo. Para él, la OME es la primera gran batalla contra el bloque occidental que viene intentando destruir a Rusia.

Restablecer la unidad de los rusos que habitan en los estados surgidos del colapso del Estado soviético es un objetivo central de la política de Moscú en el siglo XXI. “El colapso de la Unión Soviética -dijo Putín el lunes 26, al conmemorarse los 31 años del fin de la URSS- se convirtió en una tragedia no sólo por las numerosas guerras en su antigua periferia, sino también por la división del pueblo europeo más numeroso del planeta: el ruso. Hoy, a los rusos de Ucrania y algunas otras repúblicas se les dice que no son rusos o se les reduce a personas de segunda clase que no tienen derecho a recibir educación en su lengua materna e incluso a utilizarla en la vida cotidiana”, acusó. “Rusia nunca lo aceptará, advirtió, y tarde o temprano reunificará todos los fragmentos de su ser original”.

En la vereda de enfrente de esta visión ecuménica del ser nacional ruso, el gobierno de Volodymir Zelenski defiende la particularidad y originalidad de los ucranianos como descendientes de los invasores escandinavos que hace 1.200 años fundaron en Kiev la antigua Rus. Occidente, en tanto, ha pasado de acusar a Rusia en febrero pasado por violar el Derecho Internacional a contraponer la “democracia” liberal a la “autocracia” oriental como dos modelos incompatibles.

Cuando las justificaciones para la continuación y extensión de la guerra se hacen tan generales y transhistóricas, el diálogo es imposible.

Coherente con este espíritu de confrontación, Joe Biden hizo que Volodimir Zelenski viajara a Washington la semana pasada, para que defendiera su política hacia Ucrania ante la nueva mayoría republicana de la Cámara de Representantes elegida en noviembre pasado. El mandatario ucraniano informó entonces a la prensa que había presentado a la Casa Blanca los 10 puntos de sus exigencias a Rusia, pero no reveló su contenido. De todos modos, confirmó su intransigencia: “para mí, dijo a los periodistas, la paz justa es la ausencia de compromisos en cuanto a la soberanía, la libertad y la integridad territorial de mi país y al pago por todos los daños infligidos por la agresión rusa”.  El mandatario ucraniano insistió en que su propuesta de paz implica que las fuerzas rusas se retiren del territorio ocupado.

 

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Durante su visita al Congreso en Washington, Zelenski obsequió a la Vicepresidenta Kamala Harris y a la Presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi una bandera ucraniana con símbolos de las SS nazis … durante la festividad judía de Hanukkah
Según Hal Brands, profesor de Asuntos Globales la Universidad Johns Hopkins, los líderes ucranianos están preocupados por el escepticismo que la mayoría republicana en la Cámara de Representantes muestra sobre el destino de los cuantiosos fondos entregados por EE.UU. a Zelenski, pero también algunos en la Casa Blanca se están cansando de los chantajes del presidente ucraniano y su falta de éxitos. No sólo por esta razón, algunos (especialmente los mejores jefes militares) están pensando en voz alta en remplazar a Zelenski.

El oficial de inteligencia retirado del Cuerpo de Marines de Estados Unidos Scott Ritter, por ejemplo, afirma que un sector de la Casa Blanca quiere sustituir al Presidente de Ucrania por el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, Valery Zaluzhnyi. Èl confía en que el jefe militar negocie con Vladímir Putín la finalización del conflicto.

Las crecientes versiones sobre el relevo de Zelenski por Zaluzhnyi son congruentes con los rumores sobre negociaciones ruso-norteamericanas, para establecer en Ucrania una zona desmilitarizada (UDZ, por su nombre en inglés) siguiendo el modelo del armisticio entre ambas Coreas en 1953. El relato va en el mismo sentido que la noticia de que el alto mando ucraniano estaría a punto de retirar sus tropas de Bajmut (Artiómovsk, para Rusia), una ciudad de poca importancia estratégica, pero muy fortificada del frente central, en el Donbass, que Zelenski ha convertido en un símbolo de la resistencia y por la que rusos y ucranianos vienen batallando palmo a palmo desde hace semanas. Ucrania ha perdido allí miles de efectivos, pero el presidente insiste en mantener la plaza cueste lo que cueste. El alto mando, por el contrario, preocupado por la pérdida masiva de efectivos valiosos y bien formados, es partidario de replegarse unos 20 km al oeste de la ciudad para defender Kramatorsk, la última ciudad importante que resta a Ucrania en Donetsk. Tanta es la mortandad producida por la artillería, los cohetes y drones rusos que en ambos bandos se refieren a esta batalla como “la moledora de carne” de Bajmut. Tanto más urgentes se ha hecho la necesidad de alcanzar un armisticio.

Ya en julio pasado el ministro de Asuntos Exteriores ruso advirtió que será el Estado Mayor y no los políticos quien decidirá sobre los alcances de la zona de amortiguamiento y el armisticio sería firmado entre el Estado Mayor de Rusia con oficiales militares de los comandos controlados por la OTAN en Kiev y Lvov.

La retirada de Jersón en noviembre pasado, la campaña de ataques a la red eléctrica que siguió y la destrucción de las vías férreas que desde Kiev conducen al frente oriental delinean los contornos que Rusia piensa darle a la UDZ. La zona tendría una profundidad de hasta cien kilómetros, dependiendo del alcance de las armas occidentales desplegadas en el lado de Kiev del río Dniéper. Dentro de la UDZ puede que no haya electricidad, ni gente, nada, excepto los medios para monitorear y hacer cumplir los términos del armisticio.
 
Mapa para el armisticio con la Zona Desmilitarizada de Ucrania (UDZ). El rojo en el mapa significa Rusia.
Las fuentes que informan sobre estas conversaciones advierten que la idea del alto mando ruso es “dejar que la zona de desastre que es Ucrania al oeste del Dniéper siga siendo un problema de otros”. Rusia no va a ocupar el oeste del país.

Ante la falta de diálogo entre los dirigentes políticos, crece la tendencia a entregar la lapicera a jefes militares que conocen de primera mano la realidad sobre el terreno y saben estimar los costos que puede acarrear la prolongación indefinida del conflicto. Sólo EE.UU. y Rusia pueden poner fin a la guerra en Ucrania y evitar que escale hacia algo peor. El presidente norteamericano y su equipo neoconservador, empero, están demasiado comprometidos con el proyecto que busca la destrucción de Rusia y no son interlocutores válidos para negociación alguna. En estas condiciones, el general Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto, debería tomar la iniciativa e imponer a los civiles el acuerdo para un armisticio negociado directamente con los generales Valeri Guerasimov (jefe del Estado Mayor Conjunto) y Serguéi Surovikin (Comandante Conjunto de las Operaciones en Ucrania), o sea con Vladímir Putín.

En Rusia la subordinación del poder militar al civil está garantizada. En EE.UU., por el contrario, ambos poderes compiten. Por ello hay tantos obstáculos en el camino y no es seguro que la negociación militar tenga éxito. Si no lo tiene, Europa vivirá un invierno muy caliente.

Eduardo Vior es analista internacional. 

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