La memoria, un territorio en disputa en Chile | Habla Yael Saliasnik, autora de “Memoriales vivos”

Desde Santiago

Yael Saliasnik es una periodista e investigadora chilena, que ha perseguido por más de quince años la problemática de la memoria y sus espacios. En su libro “Memoriales vivos. Paisajes para no olvidar” (Ediciones Universidad Alberto Hurtado) es un viaje —en texto y fotografías— a través de actos, gestos, voces y espacios donde esta memoria se reactiva, resignifica y avanza a través de aquellos que. no quieren olvidar. Esto abarca desde el Palacio de La Moneda y centros de tortura hasta el desierto de Atacama donde decenas de cuerpos de víctimas de la dictadura siguen ahí, esperando reencontrarse con sus compañeros sobrevivientes.

Creo en un deber de memoria, en la conceptualización de Primo Levi, que parece activarse o visibilizarse para fechas emblemáticas, pero que, no obstante, está siempre presente en nuestra sociedad, un deber incumplido, pendiente —a lo menos por el Estado— en el que siento que cada uno puede aportar, desde distintas áreas, conocimientos y experiencias. Por mi parte, vengo hace más de quince años acercándome, por distintos caminos, al tema de las memorias de la dictadura y cómo se escenifican y simbolizan hoy”, señala la autora.

Este libro nació, por una parte, con una publicación anterior: “Memoria Inquieta” (2016, Fondo de Cultura Económica) donde se centró en distintos actos contemporáneos en Chile y Uruguay donde detectó muchos elementos de teatralidad, “en una zona liminal donde prácticas políticas y artísticas con cuerpos presentes se entrelazan e influencian mutuamente” tanto en Chile como en Uruguay para escenificar y así propulsar, conversar, elaborar (o comenzar a hacerlo) las memorias de las últimas dictaduras. “Me di cuenta que existe una estrecha relación entre memorias y espacios, mediada por la teatralidad, en la que quise profundizar ahora” Por otra parte, este texto nace de una investigación de postdoctorado, financiada por ANID, patrocinada por el Instituto de Estudios Avanzados (IDEA), de la Universidad de Santiago.

—En las primeras páginas planteas que muchas de las ideas de “recintos de memoria” obedecen a estrategias políticas o formas de resignificar hechos terribles, quitándole los elementos profundos y dolorosos de su origen. Una especie de “institucionalización” que desactiva los significados. ¿Podemos hablar de eso? 

—Creo que la institucionalización es un riesgo muy grande y conflictivo en muchas de las que llamo “expresiones de teatralidad” vinculadas con estos temas. No pasa necesariamente por “resignificar” estos espacios, sino que por los riesgos propios de la institucionalidad que, a veces, se relaciona con la primera. La mayoría de las veces estas acciones nacen de grupos que se autoconvocan y que aprenden o dependen de la autogestión. Esto les da una independencia que pierden cuando comienzan a recibir dineros y apoyos institucionales. Esto los coloca muchas veces en un aprieto, en una disyuntiva, entre recibir estos y así poder hacer más y mejores cosas, probablemente llegar a más personas. Eso pasa también con las actividades en los espacios de memoria y en los lugares que son nombrados “sitios de memoria” que, al serlo, pueden postular a fondos y tener que explicarlos  a través de informes, donde, a veces pareciera que prima la necesidad de mostrar elevadas cifras que den cuenta de las muchas actividades que allí se desarrollan más que una preocupación real, crítica y sincera por las actividades en sí y lo que pueden lograr. Asimismo, muchas veces se evaden o suavizan ciertas acciones que puedan incomodar al poder, a los que ponen el logo y muchas veces el dinero. Es un tema problemático y que solo personas muy valientes, autocríticas y que estén realmente convencidas de la responsabilidad social que tienen podrán, de alguna manera, esquivar.

—¿Y cómo funciona el alcance de estos actos de memoria en las personas?

—No podemos decir que el poco alcance de algunas de las expresiones de teatralidad sea solo por falta de recursos materiales, también quizás por algo más profundo y complicado y es que pareciera que siempre es la misma gente la que empatiza y se interesa por estos temas. Hay muchos que no quieren oír, mirar, conversar. Algo comparable, por ejemplo, a lo que algunos sobrevivientes percibieron cuando salieron en libertad de campos de prisión y exterminio y sentían que los demás no querían oír lo que ellos tan bien sabían. Pero, además, porque existe la creencia de que es un “problema” solo de algunas personas que, por lo mismo, los identifica y “toca” solo a ellos. Esto hace que incluso muchas veces los propios personeros, por ejemplo, de sitios de memorias y de instituciones vinculadas con los Derechos Humanos sean bastantes desconfiados de quienes se interesan en dichos temas -seguro que con muchos y muy buenos argumentos, también como reminiscencia de la época- y por miedo al “arte de víctima”, que menciona Luis Camnitzer, en su ensayo en “La corrupción del arte/ el arte de la corrupción”, así como porque las memorias se banalicen.

Carabineros y rejas frente a la memoria

En el libro se enumeran distintos actos como la instalación de cintas blancas y negra en el centro de tortura Villa Grimaldi, los vía crucis, intervenciones frente al palacio de La Moneda, traslados de osarios sin identificar, memoriales en el desierto que solo verlos estremecen. “Creo que muchos actores, “emprendedores de la memoria”, en los términos de Elizabeth Jelin, o “militantes de la memoria”, en palabras de Álvaro Rico, son conscientes de que esa “monumentalización” de la memoria es la que nos marea y nos hace a veces perder el Norte. Apacigua nuestras conciencias, casi dándonos espacio y tranquilidad para luego poder olvidar y dejar de hablar y reflexionar sobre aquello. Parecido a lo que puede ocurrir con el nombramiento de ciertos espacios como “sitios de memoria” o, más que el nombramiento, su institucionalización”, señala la autora.

—La realización de monumentos, no me refiero solo a la colocación de estatuas y placas, sino también a aplicar la justicia únicamente a casos que se decidieron serían “emblemáticos”; espacios, marchas o actos que se dejan estar, que mantienen una existencia rutinaria e irreflexiva o que pierden su sentido primero para ser utilizados para otros fines, muchas veces permite hacer una acción “políticamente correcta” que posibilita que algunos se sientan liberados del mencionado deber de memoria. Esta monumentalización fija de alguna manera la memoria, la convierte o puede convertir en algo inerte, seco, muerto. Con gran bombo, pero poca eficacia. En cambio, existen actividades menos rimbombantes quizás, entre aquellas que llamo “actos de memoria” y que pueden ser más eficaces en producir, de alguna manera, efectos en la sociedad.

Negacionismo y horror

—¿Qué rol debería asumir el Estado frente al tema de las memorias, tanto personales como colectivas? Hemos visto emerger un negacionismos y hasta una reivindicaciones de la dictadura por parte de jóvenes en las redes sociales… lo que es algo inquietante. 

—Tras los resultados del plebiscito reciente, debemos estar preparados para ver u oír aún más a jóvenes que repiten muchas veces lo que oyen en sus casas. Y esto da cuenta de una sociedad que ha evadido conversar, discutir y elaborar nuestro pasado traumático. No me refiero a que es traumático únicamente para las víctimas y familiares directos, sino para una sociedad entera que permitió que esto ocurriera. Como los fantasmas de quienes tuvieron una mala muerte, este pasado vuelve y cae una y otra vez sobre nosotros que a veces parecemos creer que, si no hablamos de él, se evaporará en el tiempo, sin reconocer que, para elaborarlo, lo tenemos que aceptar, enfrentar, conversar. Y vuelve porque, en realidad, no se ha ido nunca. Los lugares, los archivos, los testimonios son pruebas irrefutables de lo ocurrido, lo mismo que durante mucho tiempo y aún, a veces, fue negado por algunos; negado, minimizado o incluso justificado, aumentando con estas actitudes el daño primigenio. La falta de escucha, así como de credibilidad, que profundizan el silencio y el no querer narrar hechos dolorosos frente a quienes no creen o no quieren escuchar, solo contribuye a profundizar estas heridas abiertas en nuestra sociedad. Por lo mismo, creo que el Estado debería propiciar el diálogo y gestos simbólicos que son muy importantes. Pero esto, como hablábamos respecto a los sitios de memoria, solo es realmente efectivo, si nace de una verdadera convicción y no de acciones pensadas “para la foto”. Por ejemplo, para el Día Internacional de la Desaparición Forzada, el 30 de agosto pasado, creo que, además de reunirse con algunos familiares de Detenidxs Desaparecidxs y salir en las redes dando cuenta de esas acciones, el Gobierno debería haberse preocupado de quitar las rejas y los carabineros que rodean aleatoriamente cada día el centro de Santiago y permitir el paso libre de las marchas que, por esa razón, todos los años, allí se convocan. En realidad, esas rejas y esos carabineros no deberían estar ahí nunca.

—¿Cómo debería ser recordado el próximo año las cinco décadas del Golpe? ¿Cuáles son las heridas o los aspectos de la memoria que están conteniendo o pasadas por alto? 

—Con actividades participativas y ciudadanas que integren ojalá a distintos sectores de la población. Que algunos se sientan conminados a dejar la comodidad de sus hogares, donde pueden ver programas de TV rodeados de personas que piensan, creen y sostienen opiniones muy similares en todo, con lo que no cambia nada. Y que otros sientan que, finalmente, sus visiones, vivencias y emociones son también escuchados. Ojalá, el diálogo, debate y reflexión posterior, se dé esto en espacios públicos y abiertos donde hayan gestos verdaderamente sentidos y significativos. Hay muchos aspectos por conversar. Por ejemplo, lo que Michael Pollak llama “memorias subterráneas”, aquellas de las voces que hasta el día de hoy han sido excluidas por la “memoria oficial”, considerada la memoria nacional, , las de los marginados y de las minorías, las que afloran en momentos de crisis a través de bruscos sobresaltos. Aquí estarían, entre otras muchas, las memorias de los combatientes, de los perseguidos y de los estigmatizados. También de los conscriptos y represores, los ideales de lucha, las resistencias y las razones del quiebre. La memoria de las organizaciones, familiares y civiles. De quienes estuvieron directamente involucrados, los que no hicieron nada, los que hablaron y los que callaron. De las formas en que los gobiernos postdictadura encararon o evadieron el tema. De las disputas por las memorias y por las fechas conmemorativas. Y por sobre todo, de cómo esto indefectiblemente nos afecta hoy.

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